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La cultura del epíteto
Por Rubén
Darío Buitrón
Ya no quedan
dudas de la estrategia del presidente Rafael Correa frente a los periodistas.
Para que no
hagamos contrapeso al poder político, en especial a su poder, para que no
investiguemos y no profundicemos, hay que intimidarnos, amenazarnos, bajarnos
la moral.
En esa línea
táctica se entiende su silencio en la Plaza de la Independencia cuando un grupo
de simpatizantes suyos agredió a reporteros que cubrían los actos por los
veinte años de la desaparición de los hermanos Restrepo.
Pero la
violencia verbal (“mediocres, ridículos, mafiosos, corruptos”), a la que
recurre el Presidente para descalificarnos es apenas la epidermis.
En lo
profundo se mueven el deseo de imponer la agenda a los medios y la ceguera por
desconocer la necesidad de que una democracia tenga espacios de crítica y
deliberación.
Alguien dirá
que eso no es posible en el Ecuador porque existe cierta prensa vinculada,
cómplice de corruptelas y parlante de intereses ajenos a la ética periodística.
Nunca será
justo generalizar y meter a todos en el mismo saco. Aunque unos duden o
minimicen sobre la capacidad de discernimiento del público, este sí valora a la
prensa cuyo norte ético es servir a los ciudadanos y velar por una información
honesta desde la difícil tarea cotidiana que es contar los hechos con calidad y
equilibrio.
En una
sociedad sin libertad crítica ningún régimen tendrá claridad para conducir el
país y mirar hacia el futuro porque la omisión o la genuflexión obnubilan la
visión en perspectiva que debe tener un líder.
Pero las
reformas que el Presidente hizo al reglamento a la Ley de Radiodifusión y
Televisión para evitar la difusión de grabaciones “que afecten la intimidad y
el honor de las personas”, expedidas tras la difusión de los videos donde
aparecía su amigo, el entonces ministro de Economía Ricardo Patiño, evidencian
que no está dispuesto a tolerar nada que toque su círculo político íntimo,
cuestione su imagen o afecte -como suele decir- la “majestad” de su poder.
Las recientes
investigaciones de Conartel -brazo ejecutor del reglamento- a dos radios y al
canal de televisión Ecuavisa se enmarcan en esa estrategia.
He oído a
gente que aplaude a Correa por combatir a la prensa. Dicen que “ya era hora”. Y
el Presidente, tan apegado a las encuestas, lo sabe y cree que así refuerza su
popularidad.
Pero si todos
somos iguales ante la ley resulta incoherente que el Mandatario –que encarna
una esperanza de cambio y equidad- tenga libertad para poner epítetos a quienes
discrepan con él mientras quienes lo cuestionan se arriesgan a burlas,
sanciones o censuras.
Si como
ciudadano se siente afectado por los medios, el Presidente tiene derecho a
reclamar rectificaciones, pero como líder no debe imponer la cultura del
epíteto.
Cuando de un
lado se ejerce la libertad para descalificar y de otro hay que vencer la
intimidación o la ridiculización, el poder político no solo pone en riesgo el
derecho social a la crítica sino la esencia misma de la democracia.
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