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La prensa y el poder
político
Por Rubén
Darío Buitrón
El Presidente
dice que los medios no representan a la opinión pública.
Según él,
cuando el Gobierno ganó las elecciones para asambleístas, no solo perdió la
partidocracia sino también la prensa.
Está
convencido de que el periodismo se restó legitimidad porque es la expresión de
las mafias políticas, los líderes nefastos, los que se llevaron los recursos
petroleros, los banqueros corruptos, las oligarquías mezquinas.
Y afirma, por
eso, que los medios estamos del lado de las nostalgias del modelo explotador,
egoísta, empobrecedor de millones de ciudadanos.
Rafael Correa
es inteligente y polemista. Le gusta provocar, desafiar, retar. Pero dice
medias verdades y acomoda el pasado a su estrategia de crear enemigos,
empujarlos a dar batalla e intentar pulverizarlos.
Entre esos
adversarios está la prensa. Toda la prensa. Porque para él no hay matices: el
país se divide entre los que están con él y los que no están con él. Cuando
escucho al Presidente recuerdo a ciertos profesores de las escuelas de
periodismo ecuatorianas en los años 80.
Ensimismados
en sus dogmas, encerrados en su academicismo y desconocedores de la
cotidianidad, dividían a los medios (algunos aún lo hacen) en “burgueses” y
“alternativos”.
Burguesa o
capitalista era toda prensa que, presunta o realmente, pertenecía a los
sectores de poder económico y político.
Popular o
alternativa era toda prensa que, presunta o realmente, “daba voz a los que no
tenían voz”, es decir, a los marginados y excluidos de aquella otra manera de
hacer periodismo, la burguesa.
Los vacíos en
ese análisis son patéticos: ¿quiénes somos nosotros para “conceder” o “dar voz”
a la gente? ¿Por qué cuando la prensa “burguesa” da la voz a ciertos personajes
está mal y por qué cuando la prensa “popular” da voz a ciertos personajes está
bien? ¿Todos los periodistas que trabajamos en medios somos actores pasivos de
una estrategia de poder mediático excluyente?
Y es
patética, también, la falla de fondo: el periodista tiene ideología y tiene su
manera de entender la existencia y la sociedad, pero su deber es acercarse a la
verdad honestamente, incluso a pesar de su ideología.
Esa es la
dignidad, la ética, la manera de actuar de un periodista (que hay muchos) en un
medio.
El poder
político tiene derecho a opinar de la prensa, pero no desde su creencia de que
él sí representa a toda la opinión pública o a los ciudadanos, porque tampoco
es así.
Cuando la
prensa, con cualquier error y fallas de perspectiva que pueda cometer, se
esfuerza por expresar las necesidades de la gente, también tiene que informar y
opinar sobre el poder político.
Pero, ojo,
sobre el poder y la prensa están los ciudadanos. Y son los ciudadanos, es
decir, los afectados o beneficiados por la acción del poder o de la prensa, los
llamados a emitir el juicio decisivo.
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