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Bernard
Fougéres
Amor es luz en política
Creo, como Rubén Darío Buitrón, que
Jesús, María y José recorren el mundo actual con pasaportes
falsos, aquellos que permiten cruzar fronteras arbitrarias.
Buitrón tiene alma de niño, maravilloso peligro para un
periodista. Dice sus verdades “con aquel candil de ingenuidad”
difícil de encontrar en nuestro mundo globalizado. Reconoce sus
debilidades, travesuras, sabe que cualquier persona puede
leerlas en su mirada.
Todos somos a la vez calientacamas
y santos, aun cuando uso el calificativo venal en su amplia
aceptación. La prostitución carnal, la más inocente de todas,
resulta ser la que más escandaliza, siendo, sin embargo, Bill
Clinton un ángel al lado de George Bush. Quizás por ello nadie
debería resentirse con las verdades que reparte Buitrón a manos
llenas en “lecciones inesperadas de aceptación frente a las
derrotas colectivas” o en rebeldía inextinguible.
Se usa a Jesús para cualquier
finalidad como se lo hace con el Che Guevara: peces cromados
adheridos a la cajuela de los carros, boinas revolucionarias,
gran negocio de velas, estampillas, indulgencias, colgantes,
medallas, agua de cualquier lugar esotérico. No es raro
encontrar una fotografía del Che al lado de una publicidad de
Mercedes Benz o del papa Benedicto XVI, cuando no de una
doncella vestida tan solo de su vellocino de oro en lujoso
“papier couché” para lectores elitistas.
El amor es luz. Lo demás es
tortuoso desvío hacia lo solapado, lo fraudulento, lo
demagógico, lo calculado. Todos tenemos a nuestro haber ciertas
escapadas hacia la zona de las tinieblas, mas el hecho de
reconocerlo absuelve en parte la culpa. Sabemos cuando nos ciega
la luz, cuando nos acercamos a lo sublime, lo inefable, lo
indecible. Puede ser acto desinteresado cuando hacemos el amor
pensando en el bienestar de nuestra pareja, cuando nos detenemos
para conversar con el lavador de parabrisas en vez de lanzarle
una moneda como se tira el grano a las gallinas, cuando
intentamos comprender. La gente no tiene quién la escuche.
Escuchar es parte del camino hacia la luz y me temo que nuestro
Presidente no esté escuchando a nadie. El periodismo, “vox
clamans in desertis”, es imprescindible, voz que clama o
reclama, tomada en cuenta o no, jamás tirada al tacho de la
supuesta conspiración o del bestialismo salvaje. Desdichadamente
el chivo expiatorio siempre da réditos. Si no existiera Estados
Unidos, ¿a quién más podrían Cuba o Venezuela echarle la culpa?
Nos acercamos a la luz cuando
amamos, a las tinieblas cuando dividimos, agredimos, compramos
conciencias. Saint Exupery escribe en su obra Ciudadela: “Si
quieres que se odien, échales granos. Si quieres que se amen,
oblígalos a construir una torre”. La única religión es la luz;
le damos nombres diferentes para poder aborrecernos. La
multiplicidad de las religiones me impulsa a dudar de todas
ellas. Un hombre bueno sonará siempre mejor que un buen hombre.
Es la diferencia entre la bondad que siembra y la que se queda
en el camino. “¿Qué es la verdad?”, sigue preguntando Poncio
Pilatos mientras se lava las manos o mira con intención la tapa
del piano.
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