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Pasión por silenciar
Por Rubén Darío
Buitrón
La censura
tiene que ver con otras patologías: la intolerancia, la obnubilación y el
autismo ideológico.
El censor
–dice el premio Nobel J.M. Coetzee- actúa, o cree actuar, en interés de la
comunidad. Pero “los males que encarna y los que fomenta son mayores, a
largo y medio plazo, que cualquier beneficio que (supuestamente) se derive
de la censura”.
Coetzee no
es optimista con el futuro de la libertad de creación y expresión: “Podemos
prever, fácilmente, la clase de censores que vendrán mañana: ignorantes,
negligentes o vilmente codiciosos”.
El poder,
cualquier poder, tiene entre sus pasiones una esencial para sostenerse: el
silenciamiento.
A veces
prefiere ser sutil: antes que la censura promueve la autocensura. Antes que
la eliminación al crítico usa la advertencia y la amenaza. Antes que la
negación al diferente opta por cerrarle espacios y acorralarlo. Antes que el
ataque directo deja que sus fanáticos hagan el trabajo sucio.
Otras,
cuando su entorno se le vuelve favorable, es drástico, cruel, inflexible.
Sin eufemismos ni dudas, ordena. Y la censura va. Y en el silencio
post-censura el placer encuentra su esencia. Y en los espejos multiplicados
el ego se mira enorme, potente, limpio: el gran benefactor de la sociedad ha
cumplido su deber ético y cívico. Gracias a él los ciudadanos no nos
contaminaremos con basura contestataria, antiestética e inmoral. Una vez más
han sido reivindicadas las normas fundamentales de la cotidianidad
políticamente correcta.
¿Hay
razones para la actual alarma social? Hace tiempo que en Ecuador se instaló
la pasión por silenciar. Un alcalde de Quito prohibió la exhibición de la
película “La última tentación de Cristo”. Un intendente de Guayaquil impidió
la presentación del filme “La luna”. Unas monjas cuencanas rechazaron la
presencia de una instalación artística en su convento: según ellas, era
ofensiva porque el mensaje estético incluía una canoa con peces muertos. Un
alcalde de Guayaquil auspicia la impresión de un texto literario a condición
de que la autora cambie “el título escatológico” de su novela. Un
funcionario gubernamental de esa ciudad exige que saquen de una
muestra la obra que, según él, atenta contra la
dignidad de la institución que representa. Otro funcionario público,
propietario de una radio cuyos contenidos se basan en el chiste burdo,
amenaza con prohibir, bajo el cargo de impropia, la difusión de la serie Los
Simpson. Un radiodifusor pro-gubernamental cierra el teléfono a quienes
intentan ser críticos con el Presidente.
La pasión
por silenciar es patológica y vocacional. Para el poder no es suficiente
crear una atmósfera de auto-represión, violencia verbal y miedo. Hay que
censurar. El poder que no siente precedentes no es poder.
Entérese:
Lo que se expresa del Libro "Absurdos
Cotidianos"
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