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VIENTOS DE
RUPTURA
Rubén Darío
Buitrón
Aplaudir la
inminente confrontación entre quienes se resisten al cambio y quienes intentan
transformar la estructura del estado no me parece de valientes sino de
temerarios.
Lo mismo
ocurre con quienes se declaran dispuestos a ofrendar su vida si “los otros” no
aceptan su idea de lo que debe ser una sociedad contemporánea. Las
declaraciones de guerra solo sirven para dinamitar los escasos puentes que
quedan para pensar en la posibilidad de construir un país democrático, plural,
diverso.
Temerario
también es afirmar que, como parte de esa confrontación, se viene un bloqueo
mediático.
¿Quiere decir
eso que quienes tienen la mayoría en la Asamblea y controlan el poder político
no están dispuestos a escuchar, a deliberar, a tolerar disentimientos, a
encontrar salidas y caminos para debatir las distintas propuestas que tenemos
los ecuatorianos para sacar al país del atraso, el subdesarrollo, la pobreza y
la corrupción?
¿Significa
aquello dinamitar las posibilidades de un disenso democrático, de un desacuerdo
fructífero, de un intercambio de visiones particulares, de una autopista de ida
y vuelta por donde pasen todas las tesis y estas se analicen, estudien y
discutan sin prejuicios, sin prepotencias, sin cegueras ideológicas, sin
fanatismos dogmáticos, sin intolerancias ni apasionamientos revanchistas?
Prever una
creciente confrontación y jactarse de ello es, por decir lo menos,
irresponsable con el futuro del país.
Prever una
solución radical y extrema que vaya a derivar en la escisión del país tampoco
suena sensato ni cívico.
Hay que
desarmar las conciencias, los ánimos, las actitudes, las visiones. Y no veo
otra herramienta para el desarme que la inmediata decisión de los medios y los
periodistas para firmar, simbólicamente, un compromiso no con los políticos
sino con la sociedad y con el futuro de la nación.
Cuando el
poder político, de un lado y otro, tropieza en sus propias estrategias y siente
que la sociedad demanda rendición de cuentas, opta por la salida fácil: culpar
a la prensa.
En beneficio
del desarme de conciencias convengamos que es así. Que tenemos parte de culpa
histórica por la situación a la que hemos llegado como país.
A partir de
la autocrítica es una obligación ética abrir más espacios para el debate
nacional, recoger todas las sensibilidades sociales, poner en escena las
demandas y necesidades de negros, indios, montubios, serranos, costeños,
amazónicos, insulares, campesinos, mujeres, niños, ancianos, militares,
civiles, ricos, pobres, clase media.
No se trata
de influir sino de entregar a los ciudadanos elementos de juicio y herramientas
de reflexión para tomar las decisiones que en verdad favorezcan a la mayoría.
¿Tienen los
medios la capacidad de asumir ese reto histórico? ¿Pueden ser el espacio
adecuado donde el país entero se encuentre?
Asumir esa
responsabilidad es urgente. Porque mañana ya será tarde para un país donde las
temeridades y los extremismos van poniéndolo a punto de quiebre.
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